sábado, 19 de enero de 2013

Pepe Maya en la Pinacoteca Diego Rivera


(Texto publicado bajo el título "De la mano y el color de Pepe Maya" en la sección cultural del diario Oye Veracruz. México, 21 de diciembre, 2012)


Comencé el recorrido como lo indica el mapita que me fue entregado al ingresar a la Pinacoteca.  La sala estaba perfectamente iluminada y un aire de pulcritud y solemnidad rodeaba las piezas expuestas; la obra se me presentaba, en un inicio, fría y distante; tan perfectamente montada y emplazada en el espacio que, de alguna manera, parecía totalmente ajena a mí o a mi cotidianeidad.

La Pinacoteca Diego Rivera tiene la particularidad de ser un espacio tan solemne, reservado a la trayectoria de los grandes maestros, que ‘tanto aire de museo’ puede llegar a intimidar. Es esa misma característica que comparten todos los museos, que, sin proponérselo –no al menos abiertamente- marcan su distancia respecto al público poco acostumbrado a ellos o incluso a uno que otro más asiduo a visitarlos con frecuencia.

La obra que se exhibía era toda del pintor veracruzano Pepe Maya, artista de gran trayectoria formado en la Academia de San Carlos. Se trataba de una exposición que lleva su nombre y reunía obra pictórica y gráfica producida de 1991 a la fecha.

Yo me dejé guiar por el trayecto marcado en mi mapa, el cual contenía también las fichas técnicas de cada pieza. Las primeras que observé llamaron mi atención en cierta medida pero, no sería sino hasta llegar a la octava obra, cuando de pronto caí en la cuenta de que me encontraba completamente embebida, volando libre por paisajes que parecía conocer desde siempre. Fue en ese momento cuando me percaté de lo ocurrido, la pintura de Pepe Maya había logrado ‘romper el hielo’. Se me había olvidado por completo dónde estaba, qué hora era o qué tenía que hacer al salir de la exposición, simplemente ‘estaba siendo’ en perfecta armonía con lo que observaba, mis sentidos podían extenderse gracias a los lienzos que tenía enfrente.

Podía sentir la brisa de un mar que parecía mío desde hace mucho tiempo, podía percibir su aroma a sal y el viento rozando las palmeras, podía escuchar pájaros cantar (a pesar del frío que hacía afuera en aquella tarde de invierno xalapeña). Y, ya en ese momento, me resultó inevitable ceder ante la invitación que me hacía el pintor a entrar en su mundo de naturaleza y libertad. Me dejé guiar  y, como se lee en el texto de sala, ubicado al inicio de las escaleras que conducen hacia el mezzanine de la Pinacoteca, Pepe Maya tomó mi mano y me llevó a conocer sus sueños.

En la obra de Maya resaltan los juegos de contrastes, de tonos tenues que transmiten serenidad, sus paisajes del 2000 tienen trazos fugaces y salvajes, temperamentales. Son recurrentes en su obra los símbolos de la naturaleza, un ir y venir de abstracciones.

En la obra De los paisajes del sueño, de 2008, la técnica empleada (tempera sobre papel),  permite paladear una cierta dulzura de atmósfera borrascosa que recuerda la obra de Turner.

Estar frente a un cuadro de Maya no es indagar en su pensamiento, es más como palpar sus sensaciones. En casi todos sus paisajes predominan los azules obsesivos, los goteos, lo furtivo. Parece que en ocasiones rasga la pintura, todavía fresca en el lienzo, y le añade un sello distintivo en donde queda evidente la búsqueda de expresividad, así como un interés profundo en el estudio del paisaje y su amplio conocimiento del color.

Su obra habla de lo presente y lo ausente en nuestro carácter terrenal y humano. Parece que en sus paisajes el cielo y la tierra se confunden. Sus cielos aparecen, en ocasiones, delimitados por un encuadre que el mismo artista ha decidido trazar, convirtiéndolos en ventanas hacia el alma humana, con ello Pepe Maya logra recalcar su interés en lo profundo y lo personal. Al mismo tiempo, su conexión con la tierra lo lleva a utilizar símbolos de la naturaleza: vegetación, cuerpos desnudos, aves y cocodrilos todo en armonía y conviviendo en sus lienzos con aeroplanos o papalotes, símbolos del vuelo y de la libertad.

Seguí mi recorrido y, al regresar a la planta baja, me encontré con piezas tan interesantes como la serie de 1998 titulada El rincón de los niños en tiempo de guerra, un conjunto de seis pinturas al oleo que retratan la atmósfera abrumadora y sombría de una infancia interrumpida por la tristeza, aquí el autor logró plasmar la profundidad de los universos quebrantados y de inocencias que se desdibujan, me conmovió.  Más adelante me encontré con ocho pinturas que en conjunto llevan el título Suite Paisajes del haiku, la serie completa es limpia, trazos rápidos en tinta negra sobre inmaculados fondos blancos, una serie que me cautivó por su bella simpleza, como su nombre prometía.

En la obra de Pepe Maya se refleja el trabajo de día a día, el cual encuentra su origen en el evidente talento innato del artista, quien, con el paso de los años, ha conseguido cuidar, pulir y perfeccionar su práctica hasta el punto de liberarla. Se trata de una pintura lírica, una invitación a soñar, una invitación a ser libres en la que el artista confía en la imaginación del espectador.

Finalicé mi recorrido sintiendo que acababa de estar frente a una exposición atemporal, de que había permanecido en un estado de sueño y de que había valido la pena dejarme guiar por Pepe Maya para, no solo conocer lo que sus sueños expresan, sino, de alguna manera, también conocerme a mi misma un poco más a través de la desnudez de su obra, despojada de todas pretensiones, libre completamente.

La exposición de Pepe Maya permanecerá montada en la Pinacoteca Diego Rivera, ubicada en el número 5 de la calle J.J. Herrera, en el Centro Histórico de Xalapa, hasta el 03 de Febrero, la entrada es gratuita.


Carmen María Espinosa
Xalapa, 2012