sábado, 19 de enero de 2013

Lo extraño y lo familiar en el videoarte

(Texto publicado en la sección cultural del diario Oye Veracruz.
México, 9 de noviembre, 2012)

Mientras recorría una exposición de arte contemporáneo que se presentó recientemente en Xalapa entré a una de las salas donde, iluminada solamente por la luz de un video proyectado, relucía una banca de parque en medio de la obscuridad. El conjunto de la banca y su presencia en la oscura sala de proyección me hizo recordar la primera vez que me enfrenté a una videoinstalación en un museo. Esos primeros encuentros con el video en el contexto de una muestra de arte están generalmente marcados por la sensación de que algo no pertenece, sin saber si lo que está fuera de lugar es el video, el espacio, la noción del tiempo, las convenciones lógicas, el espectador o la obra. Lo extraño y lo familiar cohabitan en la disciplina artística del videoarte y la videoinstalación.

De alguna manera, durante ese primer encuentro con el video en el espacio galerístico, la intimidad implícita en la oscuridad de la pequeña sala de proyección (en la que no cabían más de diez personas)  y la incomodidad en el asiento que me tocó (en una esquina, en el suelo), me permitieron, como espectador, rebasar un límite que una obra expuesta en una sala iluminada de manera normal o un video observado en condiciones comunes no me hubieran permitido hacerlo. Me di cuenta entonces de que la obscuridad que habitaba esa pequeña sala del museo me permitía intimar con la obra de manera parecida a como ocurre en el cine, con una sensación de que uno se encuentra solo con lo que observa en la pantalla y que el tiempo transcurre en un espacio paralelo.

En muchos casos el video sirve como soporte documental para el artista, ya sea para documentar un suceso o registrar un acontecimiento en el tiempo, en esos casos se convierte en un accesorio de la obra. Pero cuando el video por sí mismo es la obra, es entonces cuando nos preguntamos ¿qué es lo que opera en el momento de experimentar o interactuar con él?

Es común encontrarse con espacios en los museos y las galerías en los que se presentan videos en pantallas o televisores. En la década de los ochenta, artistas como Bill Viola y Gary Hill usaban el video para mostrar los flujos del pensamiento consciente, usándolos como una línea narrativa. En los 90, la artista Jenny Holzer popularizó el uso de proyecciones sobre superficies arquitectónicas, práctica recurrente en el arte actual y que en México encontró su referente en la obra del videoartista Fernando Llanos. Sin embargo, el uso del video como herramienta durante la creación o como parte fundamental de una obra de arte no es nada nuevo. A nivel internacional fueron artistas como Andy Warhol o el japonés Nam June Paik quienes en los 60 comenzaron a utilizar el video como herramienta de su creación; Warhol, documentando performances y acciones, y June Paik, experimentando con sus instalaciones de televisores, en las que usaba la videocámara como brocha y la pantalla del televisor como lienzo.

La portabilidad de la videocámara y las posibilidades que proporcionan los distintos formatos de presentación proveen al artista de una amplia libertad para crear. La cámara y el monitor se transforman, entonces, en una conexión entre el espacio interno y el externo.

Según la investigadora Adriana Zapett, la primera muestra de videoarte en México fue en el Museo de Arte Moderno del INBA  en 1973. Cuatro años después, en 1977, México fue anfitrión del IX Encuentro Internacional, I Encuentro Nacional de Videoarte que dio cita en el Museo de Arte Carrillo Gil a videoartistas nacionales como Jorge Glusberg, Miguel Erehnberg y Pola Weiss y a extranjeros como Paik, Shigeto Kubota, John Baldessari, Allan Kaprow, Amerigo Marras, incluyendo a algunos artistas sudamericanos.

Hoy en México ya es frecuente encontrarnos con muestras y festivales de videoarte. A lo largo de los años, esta disciplina ha ido adquiriendo su legitimación en el ámbito del arte nacional. La proliferación en las últimas décadas del uso de dispositivos portátiles de videograbación y el auge de la distribución electrónica de esas mismas videograbaciones ha facilitado la familiarización de la gente con el medio del video con potencial creativo, hasta convertirlo en un elemento más de nuestra cotidianeidad.

Pero aunque el video ya no resulte, para nada, extraño en la vida cotidiana del ser humano, todavía nos resulta en ocasiones extraño experimentarlo dentro del museo, en la galería, en el espacio público o en cualquier otro lugar que el artista o el curador hayan determinado para que se experimente la obra; interactuando con el espacio y con el tiempo de una manera diferente a la secuencialidad cotidiana, pero con elementos que nos son familiares, el video y la pantalla o la intimidad de la obscuridad.

Y es, quizá, esa misma sensación de extrañeza una posibilidad de potencial creativo para los artistas, que les permita propiciar en el público un estado de experimentación y reflexión diferente al cotidiano.


Carmen María Espinosa
 Xalapa, 2012