(Texto publicado bajo el título "De la mano y el color de Pepe Maya" en la sección cultural del diario Oye Veracruz. México, 21 de diciembre, 2012)
Comencé el recorrido como lo indica
el mapita que me fue entregado al ingresar a la Pinacoteca. La sala estaba perfectamente iluminada y un
aire de pulcritud y solemnidad rodeaba las piezas expuestas; la obra se me
presentaba, en un inicio, fría y distante; tan perfectamente montada y
emplazada en el espacio que, de alguna manera, parecía totalmente ajena a mí o
a mi cotidianeidad.
La Pinacoteca Diego Rivera tiene la
particularidad de ser un espacio tan solemne, reservado a la trayectoria de los
grandes maestros, que ‘tanto aire de museo’ puede llegar a intimidar. Es esa
misma característica que comparten todos los museos, que, sin proponérselo –no
al menos abiertamente- marcan su distancia respecto al público poco
acostumbrado a ellos o incluso a uno que otro más asiduo a visitarlos con
frecuencia.
La obra que se exhibía era toda del pintor
veracruzano Pepe Maya, artista de gran trayectoria formado en la Academia de
San Carlos. Se trataba de una exposición que lleva su nombre y reunía obra pictórica
y gráfica producida de 1991 a la fecha.
Yo me dejé guiar por el trayecto
marcado en mi mapa, el cual contenía también las fichas técnicas de cada pieza.
Las primeras que observé llamaron mi atención en cierta medida pero, no sería
sino hasta llegar a la octava obra, cuando de pronto caí en la cuenta de que me
encontraba completamente embebida, volando libre por paisajes que parecía
conocer desde siempre. Fue en ese momento cuando me percaté de lo ocurrido, la
pintura de Pepe Maya había logrado ‘romper el hielo’. Se me había olvidado por
completo dónde estaba, qué hora era o qué tenía que hacer al salir de la
exposición, simplemente ‘estaba siendo’ en perfecta armonía con lo que
observaba, mis sentidos podían extenderse gracias a los lienzos que tenía
enfrente.
Podía sentir la brisa de un mar que
parecía mío desde hace mucho tiempo, podía percibir su aroma a sal y el viento rozando
las palmeras, podía escuchar pájaros cantar (a pesar del frío que hacía afuera en
aquella tarde de invierno xalapeña). Y, ya en ese momento, me resultó
inevitable ceder ante la invitación que me hacía el pintor a entrar en su mundo
de naturaleza y libertad. Me dejé guiar
y, como se lee en el texto de sala, ubicado al inicio de las escaleras
que conducen hacia el mezzanine de la
Pinacoteca, Pepe Maya tomó mi mano y me llevó a conocer sus sueños.
En la obra de Maya resaltan los
juegos de contrastes, de tonos tenues que transmiten serenidad, sus paisajes
del 2000 tienen trazos fugaces y salvajes, temperamentales. Son recurrentes en
su obra los símbolos de la naturaleza, un ir y venir de abstracciones.
En la obra De los paisajes del sueño, de 2008, la técnica empleada (tempera
sobre papel), permite paladear una
cierta dulzura de atmósfera borrascosa que recuerda la obra de Turner.
Estar frente a un cuadro de Maya no
es indagar en su pensamiento, es más como palpar sus sensaciones. En casi todos
sus paisajes predominan los azules obsesivos, los goteos, lo furtivo. Parece
que en ocasiones rasga la pintura, todavía fresca en el lienzo, y le añade un
sello distintivo en donde queda evidente la búsqueda de expresividad, así como
un interés profundo en el estudio del paisaje y su amplio conocimiento del
color.
Su obra habla de lo presente y lo
ausente en nuestro carácter terrenal y humano. Parece que en sus paisajes el
cielo y la tierra se confunden. Sus cielos aparecen, en ocasiones, delimitados
por un encuadre que el mismo artista ha decidido trazar, convirtiéndolos en
ventanas hacia el alma humana, con ello Pepe Maya logra recalcar su interés en
lo profundo y lo personal. Al mismo tiempo, su conexión con la tierra lo lleva
a utilizar símbolos de la naturaleza: vegetación, cuerpos desnudos, aves y
cocodrilos todo en armonía y conviviendo en sus lienzos con aeroplanos o
papalotes, símbolos del vuelo y de la libertad.
Seguí mi recorrido y, al regresar a
la planta baja, me encontré con piezas tan interesantes como la serie de 1998 titulada
El rincón de los niños en tiempo de
guerra, un conjunto de seis pinturas al oleo que retratan la atmósfera
abrumadora y sombría de una infancia interrumpida por la tristeza, aquí el
autor logró plasmar la profundidad de los universos quebrantados y de
inocencias que se desdibujan, me conmovió. Más adelante me encontré con ocho pinturas que
en conjunto llevan el título Suite
Paisajes del haiku, la serie completa es limpia, trazos rápidos en tinta
negra sobre inmaculados fondos blancos, una serie que me cautivó por su bella
simpleza, como su nombre prometía.
En la obra de Pepe Maya se refleja el
trabajo de día a día, el cual encuentra su origen en el evidente talento innato
del artista, quien, con el paso de los años, ha conseguido cuidar, pulir y perfeccionar
su práctica hasta el punto de liberarla. Se trata de una pintura lírica, una
invitación a soñar, una invitación a ser libres en la que el artista confía en
la imaginación del espectador.
Finalicé mi recorrido sintiendo que
acababa de estar frente a una exposición atemporal, de que había permanecido en
un estado de sueño y de que había valido la pena dejarme guiar por Pepe Maya
para, no solo conocer lo que sus sueños expresan, sino, de alguna manera,
también conocerme a mi misma un poco más a través de la desnudez de su obra,
despojada de todas pretensiones, libre completamente.
La exposición de Pepe Maya
permanecerá montada en la Pinacoteca Diego Rivera, ubicada en el número 5 de la
calle J.J. Herrera, en el Centro Histórico de Xalapa, hasta el 03 de Febrero,
la entrada es gratuita.
Carmen María Espinosa
Xalapa, 2012
