México, 9 de noviembre, 2012)
Mientras recorría una exposición de arte contemporáneo que se presentó
recientemente en Xalapa entré a una de las salas donde, iluminada solamente por
la luz de un video proyectado, relucía una banca de parque en medio de la
obscuridad. El conjunto de la banca y su presencia en la oscura sala de
proyección me hizo recordar la primera vez que me enfrenté a una
videoinstalación en un museo. Esos primeros encuentros con el video en el contexto
de una muestra de arte están generalmente marcados por la sensación de que algo
no pertenece, sin saber si lo que está fuera de lugar es el video, el espacio, la
noción del tiempo, las convenciones lógicas, el espectador o la obra. Lo
extraño y lo familiar cohabitan en la disciplina artística del videoarte y la
videoinstalación.
De alguna manera, durante ese primer encuentro con el video en el
espacio galerístico, la intimidad implícita en la oscuridad de la pequeña sala de
proyección (en la que no cabían más de diez personas) y la incomodidad en el asiento que me tocó (en
una esquina, en el suelo), me permitieron, como espectador, rebasar un límite
que una obra expuesta en una sala iluminada de manera normal o un video observado
en condiciones comunes no me hubieran permitido hacerlo. Me di cuenta entonces
de que la obscuridad que habitaba esa pequeña sala del museo me permitía
intimar con la obra de manera parecida a como ocurre en el cine, con una
sensación de que uno se encuentra solo con lo que observa en la pantalla y que
el tiempo transcurre en un espacio paralelo.
En muchos casos el video sirve como soporte documental para el artista,
ya sea para documentar un suceso o registrar un acontecimiento en el tiempo, en
esos casos se convierte en un accesorio de la obra. Pero cuando el video por sí
mismo es la obra, es entonces cuando nos preguntamos ¿qué es lo que opera en el
momento de experimentar o interactuar con él?
Es común encontrarse con espacios en los museos y las galerías en los
que se presentan videos en pantallas o televisores. En la década de los
ochenta, artistas como Bill Viola y Gary Hill usaban el video para mostrar los
flujos del pensamiento consciente, usándolos como una línea narrativa. En los
90, la artista Jenny Holzer popularizó el uso de proyecciones sobre superficies
arquitectónicas, práctica recurrente en el arte actual y que en México encontró
su referente en la obra del videoartista Fernando Llanos. Sin embargo, el uso
del video como herramienta durante la creación o como parte fundamental de una obra
de arte no es nada nuevo. A nivel internacional fueron artistas como Andy
Warhol o el japonés Nam June Paik quienes en los 60 comenzaron a utilizar el
video como herramienta de su creación; Warhol, documentando performances y acciones, y June Paik,
experimentando con sus instalaciones de televisores, en las que usaba la
videocámara como brocha y la pantalla del televisor como lienzo.
La portabilidad de la videocámara y las posibilidades que proporcionan
los distintos formatos de presentación proveen al artista de una amplia libertad
para crear. La cámara y el monitor
se transforman, entonces, en una conexión entre el espacio interno y el
externo.
Según la investigadora Adriana Zapett, la primera muestra de videoarte
en México fue en el Museo de Arte Moderno del INBA en 1973. Cuatro años después, en 1977, México
fue anfitrión del IX Encuentro Internacional, I Encuentro Nacional de Videoarte
que dio cita en el Museo de Arte Carrillo Gil a videoartistas nacionales como
Jorge Glusberg, Miguel Erehnberg y Pola Weiss y a extranjeros como Paik,
Shigeto Kubota, John Baldessari, Allan Kaprow, Amerigo Marras, incluyendo a algunos
artistas sudamericanos.
Hoy en México ya es frecuente encontrarnos con muestras y festivales de
videoarte. A lo largo de los años, esta disciplina ha ido adquiriendo su
legitimación en el ámbito del arte nacional. La proliferación en las últimas
décadas del uso de dispositivos portátiles de videograbación y el auge de la
distribución electrónica de esas mismas videograbaciones ha facilitado la
familiarización de la gente con el medio del video con potencial creativo,
hasta convertirlo en un elemento más de nuestra cotidianeidad.
Pero aunque el video ya no resulte, para nada, extraño en la vida
cotidiana del ser humano, todavía nos resulta en ocasiones extraño
experimentarlo dentro del museo, en la galería, en el espacio público o en
cualquier otro lugar que el artista o el curador hayan determinado para que se
experimente la obra; interactuando con el espacio y con el tiempo de una manera
diferente a la secuencialidad cotidiana, pero con elementos que nos son
familiares, el video y la pantalla o la intimidad de la obscuridad.
Y es, quizá, esa misma sensación de extrañeza una posibilidad de
potencial creativo para los artistas, que les permita propiciar en el público
un estado de experimentación y reflexión diferente al cotidiano.
Carmen María Espinosa
Xalapa, 2012